Jeff Buckley
Ayer, 29 de mayo, hizo 11 años que perdió la vida Jeff Buckley. Murió a los 31 años. Y no. No fue un suicidio, ni una sobredosis, ni un accidente aéreo o de tráfico. El lirismo de Buckley también se extendió, como una suerte de ironía macabra, a su muerte.
El único testigo del fatal acontecimiento fue Keith Foti, miembro de su gira. Buckley preparaba su segundo LP, My Sweetheart the Drunk. Mientras esperaba al resto del grupo, fue con Foti a tomar un baño al río Wolf, afluente del Mississippi. Puso el radiocassette a funcionar y mientras sonaba Whole Lotta Love, de Led Zeppelin, se introdujo en las aguas. Foti fue a subir el volumen y Buckley ya no estaba.
Durante 6 días se prolongaron las labores de búsqueda, hasta que su cuerpo, hinchado y pálido, fue descubierto en las orillas de Nueva Orleans, como otra señal después de la muerte de un músico indudablemente ungido por el talento.
Buckley nació en California, hijo de una pianista y chelista de origen panameño y el músico Tim Buckley (con el que dicen que guardaba gran parecido físico y que evolucionó del folk al jazz). Pronto, Buckley padre se desligó de su familia y Jeff fue criado por la nueva pareja de su madre, Ron Moorhead. De hecho, antes de tomar del nombre de Jeff Buckley, siempre fue Scotty Moorhead.
Desde su infancia, tuvo contacto con la música y participó en varios grupos de diversos estilos. Pero su traslado a Nueva York a principio de los noventa y su contacto con la música pakistaní, en concreto con Nusrat Fateh Ali Khan (intérprete místico), fueron claves para determinar su estilo.
Buckley se dio a conocer en el ambiente musical con su aportación al homenaje póstumo a su padre, al que apenas había conocido, que había fallecido en 1975 de una sobredosis. A partir de ahí colaboró con la banda Gods and Monsters y luego, en solitario, ofreció conciertos en el café Sin-é en el East Village, puliendo sus propios temas o versiones de sus favoritos (entre otros, Dylan, The Smiths, Billy Holliday o Led Zepellin).
Por fin, en 1993, el mismo productor del Nevermind de Nirvana, Andy Wallace, produjo el debut de Buckley, Grace. Se trata de un LP de belleza diáfana y densa, canciones que van desde un guiño grunge So Real hasta la solemnidad del Corpus Christi Carol de Benjamin Britten. The Last Good bye es una de las mejores canciones que se han escrito sobre rupturas, Lover you shouldn’t come over es sexy y apasionada. Pero quizá a todos nos resulte inolvidable la delicada y emocionada versión del Hallelujah de Leonard Cohen.
Entre los admiradores de Buckley, ya constaban David Bowie, Bob Dylan, Robert Plant, Chris Cornell, Jimmy Page y The Edge.
Buckley se fue de gira. Sin embargo, extrañaba la intimidad y anonimato de las pequeñas salas, así que tras la gira oficial, se involucró en un tour secreto bajo nombres como The Crackrobats, Possessed by Elves, Father Demo, Smackrobiotic, The Halfspeeds, Crit-Club, Topless America, Martha & the Nicotines o A Puppet Show Named Julio.
Pero en 1997 sobrevino la desgracia. Del álbum que preparaba han quedado un puñado de canciones a medio hacer, unos esbozos que su madre se ha ocupado de recopilar y editar bajo en nombre de The Sketches for My Sweetheart the Drunk. Allí está incluida la lánguida y sensual Everybody Here Wants You. Y de alguna manera, Jeff, aquí todos te seguimos queriendo.
Gracias por tu Grace, por tu música, por tu forma de cantar. Por todas las influencias que has repartido en los grupos y solistas que tanto me gustan. Gracias.
Reivindicando los 90. Parte I
Leí no hace mucho en un periódico que lo último ya no eran los Ataris, Joy Division o una camiseta de Zara que diga lo guapísimos que fueron los 80. Resulta que dos relevantes acontecimientos han conseguido que los 90 vuelvan a estar de moda (¡y los despedimos sólo hace 8 años!). El primero, la abominación en potencia que puede resultar de un remake (o sólo Rob Thomas, creador de Veronica Mars, sabe qué es) de Sensación de Vivir, Beverly Hill 90210. Sí, ese culebrón adaptado para adolescentes con Brenda y Brandon, Kelly, Donna, Dylan, David y no me acuerdo de quién más.
Reconozco que sí, que lo veía. Que tenía que estar en casa los findes a las 21.30 hras y que era lo que daban. Que era la comidilla el lunes. Que todas llevábamos las carpetas con fotitos de sus protas sacadas del Superpop. Pero… ¿de verdad hacía falta resucitar a ese engendro? ¿No hay en Hollywood ingenio suficiente para crear algo nuevo o es que creen qe el tirón de la nostalgia va a dar una bocanada de aire a ese género de culebrones de niños ricos que ya ha dado de sí más que suficiente con cosas como One Tree Hill, Gossip Girl o The OC?
El otro acontecimiento al que se refería el artículo era el lanzamiento (de nuevo) de las Converse que llevaba Kurt Cobain. Como si no lleváramos unos 10 años con Converse de toda guisa de color y diseño…
La verdad es que, enlanzando con un comentario anterior de My so called life (una serie muy noventera), los 90 fueron años oscuros y confusos para los que por entonces fuimos adolescentes. Nosotros vivimos el boom tecnológico de la informática e Internet, la caida del muro y la configuración de un nuevo orden mundial (bastante decepcionante), una guerra en directo por la CNN (la del Golfo) y otra en el corazón de Europa (la de Yugoslavia) y la multiplicación de oferta audiovisual (más canales, plataformas digitales).
Los noventa fueron años de dar un par de pasos atrás para coger carrerilla. Y musicalmente, una década muy creativa y llena de contrastes.
En el foro de lostzilla.net (ya os contaré cómo fue la lostkana) pasamos el tiempo confeccionando listas de música. Una de las últimas, los 10 mejores discos de los 90 (sin recopilaciones y sin pequeñas debilidades subjetivas). Ahí va la mía:
- Mellowgold, de Beck (1994)
- Achtung Baby, de U2 (1991)
- OK Computer, de Radiohead (1997)
- Superunknown, de Soundgarden (1994)
- Mezzanine, de Massive Attack (1998)
- What’s the story, morning glory, de Oasis (1995)
- Out of time, de REM (1991)
- Nevermind, Nirvana (1991)
- The miseducation of Lauryn Hill, de Lauryn Hill (1998)
- Mellon Collie and the Infinite Sadness, Smashing Pumpkins (1995)
Los que se quedaron fuera pero hubieran merecido estar: Jagged Little Pill, de Alanis Morrisette; Debut, de Bjork; Grace, de Jeff Buckley; You’ve come a long way, de Fat Boy Slim; Loveless, de My Bloody Valentine; Vitalogy, de Pearl Jam; The Temple of the Dog, de Temple of the Dog; Siamese Dream, de Smashing Pumpkins; Automatic for the People, de REM; Definitely Maybe, de Oasis; Suede, de Suede; Park Life, de Blur; Blue Lines; de Massive Attack; Vitalogy, de Perl Jam; Blood Sugar Sex Majik, de RHCP…
Si hay algo de aquí que no conoces, echa un vistazo. Los 90 merecen la pena.